VULCANO parece aún un resto
de prehistoria, eternamente humeante entre olas
y barros hirvientes de gas. La garganta de la
boca eruptiva se levanta a 386 metros de altura:
el gran cráter se puede alcanzar sin mucho
esfuerzo y sin grandes peligros. Interesante la
visita de las grutas del alumbre y las galerías
del azufre, en las que, en época borbónica,
una población de condenados vivía
prisionera y condenada a la extracción
del precioso mineral.
LIPARI ha sido, en todos los tiempos,
el corazón del archipiélago. Su
museo, uno de los más interesantes del
Mediterráneo, conserva las numerosas atestaciones
de la historia de las islas y la estratificación
sucesiva como en un gigantesco palinsesto del
tiempo de los 5.000 años de civilización
perfectamente leíble en las excavaciones
al aire libre encerradas entre las poderosas murallas
con torriones.
Isla para todos los gustos, ofrece jardines umbríos,
perfumados de jazmines y albahaca y terrazas solares,
abiertas al mar, donde se perpetúa una
hospitalidad gastronómica que tiene una
fisionomía y una tradición propia.
En SALINA no hay que olvidar una
visita al Monte Porri y al Monte Fossa delle Felci.
En éste, casi a 1.000 m. de altura, el
antiguo cráter ha sido colonizado por gigantescos
helechos aquilinos que se suman a la lujuriosa
vegetación de Salina dándole un
aspecto típicamente tropical.
FILICUDI y ALICUDI destacan contra
el horizonte. Lejanas ambas de los clamores del
turismo de asalto, las dos islas ofrecen espacios
de abandono y de meditación impensables
en la latitud bulliciosa de nuestra civilización.
En las cercanías de la Canna, fondos ricos
de esponjas y de corales ofrecen insospechables
escenografías para los apasionados de foto
submarina.
FILICUDI
Reserva natural.
Otro lugar de gran encanto en
el archipiélago es PANAREA, en cuyas cercanías
se levantan burbujeantes bolas de vapores gaseosos
que, en la antigüedad, fueron lugar de un
probable culto dedicado a Hafesto. En Panarea,
Capo Milazzese conserva intacto los testimonios
de una facies cultural que aquí
duró de 1440 a 1270 a.J.C., dando origen
a un asentamiento de notable interés arqueológico.
ESTROMBOLI sale del agua con la
seca simetría de sus formas perennemente
coronadas de humos eruptivos. Ginostra es el puerto
más pequeño del mundo. Más
allá de la playa vidriosa y negrísima,
lameada por cañizos frondosos de los abismos
del Tirreno, se eleva Strombolicchio, el canal
principal del volcán, fantasiosa escultura
natural en la que el fuego, el agua y el viento
han dejado sus huellas eternas.